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La Patasola

La Patasola

En muchas, por no decir todas las culturas, la figura femenina ha sido acusada de ser portadora de maldiciones y de la perdición del hombre. Por las provocaciones sexuales que pierde a los aventureros y exploradores tras el objeto de deseo. Desde la antigüedad han llegado los cuentos cortos de terror de sirenas que perdían a los marineros en las profundidades del mar, los súcubos medievales que abusaban sexualmente de los hombres mientras dormían y actualmente las sombras de la noche también albergan mujeres demoníacas que pierden a los incautos.

Una de estas figuras femeninas que portan la perdición es La Patasola, una mujer alta, con serpientes que emergen ente los cabellos, grandes dientes de felino y un ojo verde que observa la maleza junto a otro ojo rojo brillante es excepcionalmente hermosa (como todas las mujeres demoníacas), que vive en los límites entre los límites de las selvas de montaña y los bajos pastos de la llanura colombiana.

Este ser que dice el cuento, se entretiene embrujando hombres para su propia satisfacción sexual comenzó su existencia siendo una mujer mortal tremendamente adúltera, quien fue amputada de una de sus piernas por el marido en un arrebato de rabia y celos justo antes de abandonarla a su suerte en lo profundo de la selva para que muriera desangrada. Pero ella no murió, sino que se transformó en un demonio y aprendió a andar utilizando solo su pierna buena y unos brazos que algunas veces se alargan tanto como su propio cuerpo.

Dicen los que la han escuchado pero nunca visto que La Patasola se lamenta con frecuencia, por su destino cruel y solitario. Los habitantes de la región de piedemonte suelen colocar un gran espejo en la entrada del patio cuando escuchan el lamento para que la mujer, al ver su reflejo, se aleje.

El queso de Chester

El queso de Chester

Los cuentos cortos nos dan la oportunidad de expresar en palabras una idea sencilla y así compartirla con todo el mundo.

Un ejemplo de esto es lo acontecido en el cuento titulado como “El queso de Chester”, una joven rata que aprendió una valiosa lección.

Chester vivía con su mamá en el sótano de una quesería (dicho sea de paso, ese es el sueño de cualquier roedor).

La manera en que la señora Gruyer conseguía la comida era muy simple, esperaba a que se hiciera de noche y salía con su aspiradora de mano para recoger todas las migajas de queso que habían quedado en el piso.

Aquello era un festín, los sabores de los distintos productos lácteos se fusionaban en un mosaico multicolor. No obstante, al joven Chester no le gustaba que su madre hiciera eso.

– Estoy cansado de comer boronas yo te aseguro que con mi astucia y velocidad puedo fácilmente hurtar una pieza completa de queso holandés y ninguno de esos humanos se daría cuenta.

– ¿Acaso yo te he enseñado a robar? Sabes que solamente puedes decir y hacer lo que hayas visto en casa.

– Sí mamá, pero es que somos muy pobres y merecemos también comer alguna vez un queso de categoría.

– Quizás un día hijo. Ten paciencia.

Chester guardó silencio, pues no le gustaba discutir con su mamá, pero ya había tomado la decisión de robarse un queso encerado.

Apenas se escuchó el silbato que anunciaba la entrada del personal y Chester se ocultó debajo de la mesa en donde se envolvían los productos holandeses. Esperó pacientemente a que los quesos fueran depositados sobre ésta y con gran astucia movió una de las patas de la mesa provocando que una deliciosa bola roja cayera al piso.

Como una gacela empujó el queso y corrió hacia su agujero. Sin embargo, la voz de su madre apareció en su pensamiento e hizo que desistiera de cometer esa fechoría. Dio marcha atrás y se encaminó hasta la mesa de trabajo.

Allí fue confrontado por el empleado quien le dijo:

– ¡Muchas gracias amiguito! Pensé que ese queso se había perdido. Eres muy honrado, estoy seguro que otro en tu lugar se lo hubiera robado. Como premio a tu honradez, cada día que vengas, te daré un buen trozo de queso.